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Capítulo 29. El Quinto Mandamiento: Promueve la Cultura de la Vida

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Se han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una

legítima defensa mediante la fuerza militar. La gravedad de

semejante decisión somete a ésta a condiciones rigurosas de

legitimidad moral. Es preciso a la vez:

—Que el daño causado por el agresor a la nación o a la

comunidad de las naciones sea duradero, grave y cierto.

—Que todos los demás medios para poner fin a la agresión

hayan resultado impracticables o ineficaces.

—Que se reúnan las condiciones serias de éxito.

—Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes

más graves que el mal que se pretende eliminar. El poder de

los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia

extrema en la apreciación de esta condición.

Estos son los elementos tradicionales enumerados en la doctrina

llamada de la “guerra justa”. La apreciación de estas condiciones

de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes

están a cargo del bien común. (CIC, no. 2309)

La guerra nunca se ha de llevar a cabo movida por un espíritu de

venganza, sino más bien por motivos de defensa propia y para establecer

la justicia y el orden que corresponde. El gobierno tiene el derecho y el

deber de enlistar a los ciudadanos para defender a la nación. Se deben

ofrecer alternativas especiales a aquellos que rehúsen emplear armas

por razones de conciencia. Estos hombres y mujeres deberán servir a su

patria de alguna otra forma.

La Iglesia y la razón humana afirman la validez permanente de la

ley moral durante los conflictos armados. Los no combatientes, los

soldados heridos y los prisioneros deben ser tratados humanamente. La

exterminación de personas mediante la limpieza étnica es un mal moral

grave e intrínseco.

En 1983, los obispos de Estados Unidos rechazaron formalmente la

guerra nuclear:

Bajo ninguna circunstancia se debe hacer uso de las armas

nucleares u otros instrumentos de destrucción masiva con el fin