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Tercera Parte. La Moralidad Cristiana: La Fe Vivida

• El verdadero desarrollo social y económico se preocupa por toda

la persona y por incrementar la habilidad de cada persona para

responder a la llamada de Dios.

MEDITACIÓN

No debe olvidarse, ciertamente, que nadie puede ser excluido

de nuestro amor, desde el momento que “con la encarnación

el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre”.

Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la

persona de los pobres hay una presencia especial suya, que impone

a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Mediante esta

opción, se testimonia el estilo del amor de Dios, su providencia,

su misericordia y, de alguna manera, se siembran todavía en la

historia aquellas semillas del Reino de Dios que Jesús mismo

dejó en su vida terrena atendiendo a cuantos recurrían a Él para

toda clase de necesidades espirituales y materiales.

En efecto, son muchas en nuestro tiempo las necesidades

que interpelan la sensibilidad cristiana. Nuestro mundo

empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un

crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos

afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones

y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en

condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por

la dignidad humana. ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo,

haya todavía quien se muere de hambre; quién está condenado

al analfabetismo; quién carece de la asistencia médica más

elemental; quién no tiene techo donde cobijarse?

[…] Por eso tenemos que actuar de tal manera que los pobres,

en cada comunidad cristiana, se sientan como “en su casa”. ¿No

sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena

nueva del Reino? Sin esta forma de evangelización, llevada a

cabo mediante la caridad y el testimonio de la pobreza cristiana,

el anuncio del Evangelio, aun siendo la primera caridad, corre el

riesgo de ser incomprendido o de ahogarse en el mar de palabras