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Cuarta Parte. La Oración: La Fe Orada

quien amamos, una de las mejores cosas que podemos dar es nuestro

tiempo. A menudo hay que sacrificar algo para poder hacer esto.

En lo que se refiere a la oración, debemos elegir un momento

específico para rezar cada día de forma regular. Debemos dejar de un

lado el bullicio de la vida diaria y serenar nuestra alma ante Dios, como

lo hizo Jesús cuando dedicaba tiempo a estar con su Padre.

¿Cómo sabemos cuando empezamos realmente a rezar? Ya se han

dicho las distintas clases de oración: litúrgica y privada; vocal, meditativa

y contemplativa. Bajo todas estas nuestros corazones deberían estar

activamente dispuestos hacia Dios.

¿De dónde viene la oración del hombre? […] para designar el

lugar de donde brota la oración, las Escrituras hablan a veces

del alma o del espíritu, y con más frecuencia del corazón (más de

mil veces). Es el

corazón

el que ora. Si éste está alejado de Dios,

la expresión de la oración es vana. (CIC, no. 2562)

En la mente bíblica o semita, el corazón está más allá de lo que

la razón puede comprender, y es más profundo que nuestros instintos

psíquicos. Es el mero núcleo de nuestro ser, el misterioso lugar en el

que tomamos nuestras decisiones más fundamentales. Es donde nos

encontramos con Dios. A diferencia del bullicio de nuestra vida mental,

el corazón es un lugar de silencio.

El corazón en el entorno en el que tiene lugar nuestra más seria

entrega. Como lugar de encuentro con Dios, así sea en la liturgia o en

la meditación, el corazón es el lugar donde disfrutar de nuestra Alianza

con Él. Puede ser un momento maravilloso, como nos lo dice el autor del

libro del Apocalipsis: “Caí a sus pies como muerto” (Ap 1:17).

Entender el corazón como la fuente de nuestra oración nos debería

también ayudar a darnos cuenta de cómo afecta a nuestro compromiso

con la enseñaza cristiana. Si tratamos a la doctrina simplemente como

un estudio académico, entonces tendremos la tendencia a no ver su

relación con nuestra unión con Dios. Jesús dijo: “Yo soy la verdad” (Jn

14:6). El también dijo: “El que me ama cumplirá mi palabra” (Jn 14:23).

Jesús nunca separó su enseñanza de sí mismo. Las dos cosas iban juntas.